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Belleza Sin Dolor – Revista Digital | La semana de los libros prohibidos

Alguien dijo que los libros son polinizadores de la mente. Y la metáfora no solo ilustra, sino que inspira. Hay que seguir vigilantes para que la censura no se extienda a mayor velocidad. El hecho de que exista una Semana de los libros prohibidos significa que la lucha continúa 

El próximo domingo concluye la celebración de la Semana de los libros prohibidos, un evento anual que se lleva a cabo, desde hace 40 años. El objetivo, celebrar la libertad de leer. Porque, aunque prohibir libros es una práctica muy antigua, en estos inicios del siglo XXI sigue plenamente vigente. En cientos de colegios, bibliotecas y librerías, leer ciertos textos se ha convertido en todo un reto, así que, desde sus inicios, esta Semana ha querido destacar el valor del acceso libre y abierto a los libros.

El tema de este año es “Los libros nos unen. La censura nos divide”. Un lema que busca llamar la atención sobre el daño que hace la censura. Y es que la lista de libros prohibidos, solo en Estados Unidos, es apabullante. En ella caben escritoras como Toni Morrison o J. K. Rowling y temas tan variados como sexo, racismo, magia o comunidad lgtbq. Según el último informe de PEN America, entre 2021 y 2022 se han prohibido 1.648 títulos en ese país. Todo a causa de un temor casi atávico a perder el control. Si los libros están cargados de conocimiento, y el conocimiento es poder, la autoridad puede sentirse totalmente amenazada. La libertad de buscar y expresar ideas aunque no sean muy ortodoxas o populares sigue totalmente amenazada.

Hoy en día, en China se siguen emitiendo edictos en las escuelas contra libros que “no están acorde con los valores socialistas y que tienen puntos de vista desviados respecto al mundo, la vida y la sociedad”. O sea, puede ser casi cualquier libro. Ni qué decir de la tradición prohibicionista en Rusia que hizo que Boris Pasternak tuviera que rechazar el Nobel de literatura. O la fijación de los británicos para censurar libros cuyo contenido les parece una “obsesión sexual”, concepto por el cual el Ulises de Joyce estuvo prohibido varios años y los libros de D. H. Lawrence llegaron a quemarse.

Colombia también tiene su propia historia, empezando por el famoso índice de libros prohibidos de la Iglesia, que hacía casi imposible conseguir determinados ejemplares, y que estuvo en vigencia hasta los años 50, década en la que solo se podían encontrar ciertos libros en las trastiendas secretas de algunas librerías de Medellín. Ejemplos hay muchos, pero algunas personas mayores todavía deben recordar que la lectura de las novelas del escritor José María Vargas Vila, liberal y ateo, casi que era motivo para ser excomulgado. Décadas después, la mafia también actuaría de censor al intentar recoger un libro que contaba la historia de la conformación de los carteles de la droga. Y en muchos colegios colombianos estuvieron prohibidas varias obras de Gabriel García Márquez, incluida Cien años de soledad (hasta que se ganó el Nobel, por supuesto).

Alguien dijo que los libros son polinizadores de la mente. Y la metáfora no solo ilustra, sino que inspira. Hay que seguir vigilantes para que la censura no se extienda a mayor velocidad. El hecho de que exista una Semana de los libros prohibidos significa que la lucha continúa