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Absolutos y relativos

Portadora de una dignidad heredada de su padre, y quizá porque los avatares de la vida los pusieron a ambos en un lugar impensado, o porque tal vez su falta de predestinación no los obnubiló, Isabel II nos dejó además un ejemplo de constancia, laboriosidad, y sentido del deber para con sus pueblos, que puso su condición y desempeño como Jefe de Estado, muy por encima de la media

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El fallecimiento de Isabel II hizo que se desplegara una vorágine de información de todo tipo, sobre su extensa vida misma, y sobre todo su entorno y colorida periferia.

Porque, a decir verdad, su prolongado reinado fue rico, muy rico, en cuestiones principales y accesorias, fundamentales y frívolas.

Lo interesante a rescatar es la coherencia de su persona, y su comportamiento perfectamente alineado con su juramento real, a lo largo de toda su existencia. Hasta su propia muerte. Coherencia y sobriedad que nunca se vieron contaminadas con lo accesorio, ni relativo, ni con la frivolidad que pudo haberle rodeado. Como dijo alguien, quizá no era la mujer más poderosa del mundo, pero sin duda si la más digna.

Portadora de una dignidad heredada de su padre, y quizá porque los avatares de la vida los pusieron a ambos en un lugar impensado, o porque tal vez su falta de predestinación no los obnubiló, Isabel II nos dejó además un ejemplo de constancia, laboriosidad, y sentido del deber para con sus pueblos, que puso su condición y desempeño como Jefe de Estado, muy por encima de la media.

De alguna manera, así, siendo conservadora, pero también sutilmente aggiornada, revitalizó a una institución como la monarquía, que muchos consideraron con los días contados. No importa la cuenta de cuantos primeros ministros tuvo, ni a cuantos Papas conoció, o presidentes de los Estados Unidos. Eso es irrelevante.

Quizá si fuera fundamental que su primer primer Ministro fuera Winston Churchill, y que seguramente sus vivencias durante la WWII marcaron a fuego su carácter. Un carácter de otro tiempo.

Porque esa originalidad y parca sobriedad, podrá ser marca registrada británica, pero es una marca en vías de desaparición. El mundo ya no quiere líderes con firmeza de espíritu, determinación, y rumbo inamovible, prefiere modelos más maleables, blandos por llamarlos de alguna manera.

Ella y el Duque de Edimburgo seguramente fueron los últimos sobrevivientes de una época. De un tiempo mejor donde lo importante no cedía a lo urgente. Donde los gobernantes se centraban en su tarea: hacerlo bien. Donde se tenía un Norte siempre fijado: el interés general.

Otros tiempos, pretéritos quizá, pero cuyos valores no han pasado de moda. Porque son los que vuelven como oleadas de aire fresco cada vez que la liquidez relativa agobia la existencia contemporánea y llega una nueva crisis. El mundo entero lamentó su muerte, por lo que ella misma significó, pero también por lo que aún representa. La ecuanimidad de lo sobrio. El saber estar a la altura de las circunstancias, y por sobre todo, el saber hacer que las cosas rueden de la manera debida.

Fue también un inglés quien enseñó que quien tiene más chances de sobrevivir es quien mejor se adapta a los cambios. Isabel II cumplió a rajatabla con la máxima darwiniana, y además hizo que su pueblo lo entendiera e internalizara. No debe haber una nación con más resiliencia que la que habita el Reino Unido.

Los ingleses la extrañarán, el mundo la echará de menos, pero los valores que encarnó son eternos, inmutables, y no conocen de fronteras. Son los valores que hicieron grande a Occidente. Occidente no debería olvidarlos si quiere adaptarse para sobrevivir.