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Belleza Sin Dolor – Revista Digital | Dos años sin Simce: ¿el comienzo de un necesario adiós?

Esta experiencia de suspensión del Simce en el panorama educativo chileno pone al menos dos grandes interrogantes para el futuro del sistema escolar. La primera pregunta tiene que ver con cómo procesará la política esta cancelación. El momento general es de demandas de cambio y transformaciones respecto de lo que ha regido la vida político-pública del país. ¿Cómo la política procesará estas demandas y cómo las compaginará con la experiencia vivida por los colegios en este tiempo? Probablemente se acabó el tiempo de la medición de la calidad entendida como equivalente a resultados en pruebas externas de altas consecuencias y se ha abierto el tiempo de políticas de apoyo, confianza y desarrollo de capacidades para los colegios desde una institucionalidad estatal coherente y bien articulada. ¿Se avanzará, a nivel de sistema, hacia un enfoque de evaluación más formativa o se persistirá, como parece hacerlo el Plan de Evaluaciones 2021-2026, en una evaluación que ha demostrado su falta de sentido y utilidad?

La segunda pregunta es relativa a cómo las mismas comunidades educativas reflexionarán, harán tesoro de este tiempo y lo dotarán de sentido, buscando y/o confirmando los enfoques pedagógicos de estos últimos dos años y desarrollarán propuestas educativas pertinentes a las personas y los territorios donde operan. Se trata de que los colegios sigan tomando las riendas de la educación buena y valiosa que pueden proporcionar al país, resignificando el concepto de “calidad” o, incluso, sin mayores remordimientos, abandonándolo porque, al fin y al cabo, educamos por algo que redescubrimos como valioso. Es lo que hemos comenzado a ver en este tiempo en que, tal vez, finalmente hemos comenzado a decir adiós al Simce

Esta experiencia de suspensión del Simce en el panorama educativo chileno pone al menos dos grandes interrogantes para el futuro del sistema escolar. La primera pregunta tiene que ver con cómo procesará la política esta cancelación. El momento general es de demandas de cambio y transformaciones respecto de lo que ha regido la vida político-pública del país. ¿Cómo la política procesará estas demandas y cómo las compaginará con la experiencia vivida por los colegios en este tiempo? Probablemente se acabó el tiempo de la medición de la calidad entendida como equivalente a resultados en pruebas externas de altas consecuencias y se ha abierto el tiempo de políticas de apoyo, confianza y desarrollo de capacidades para los colegios desde una institucionalidad estatal coherente y bien articulada. ¿Se avanzará, a nivel de sistema, hacia un enfoque de evaluación más formativa o se persistirá, como parece hacerlo el Plan de Evaluaciones 2021-2026, en una evaluación que ha demostrado su falta de sentido y utilidad? Compartir Twittear Compartir Imprimir Enviar por mail Rectificar

El Simce ha desaparecido de los colegios de Chile. Desde fines del año 2019, pasando por la pandemia en 2020 y 2021, hemos asistido a la suspensión de este test de medición de la calidad educativa que regía desde 1988. En este tiempo inédito, hemos sido testigos de la cancelación de un dispositivo evaluativo que marcaba y vertebraba de modo fundamental el sistema escolar chileno. Esto debido a que, a lo largo de sus más de 30 años de existencia, se fue incrementando su frecuencia, así como sus consecuencias, las que al día de hoy inciden en la imagen pública de las escuelas, en el salario de los docentes, en dineros para los establecimientos y en su posibilidad de cierre, entre otros aspectos. Frente a este poder que ha ejercido el Simce, la actual suspensión excepcional quizás constituya un buen momento para preguntarnos: ¿qué ha pasado con las escuelas en estos años sin Simce?, ¿es realmente un dispositivo relevante para la pedagogía y la educación?, ¿es necesario el Simce y para quién lo es?

Un primer supuesto que los gestores de política plantean para argumentar la necesidad del Simce, dice relación con el potencial que su información tendría para la toma de decisiones pedagógicas. No obstante, la investigación de los últimos 10 años ha sido contundente en datos cualitativos y cuantitativos que indican que el efecto del Simce está lejos de ser pedagógicamente beneficioso, ya que promueve la reducción del currículum, la mecanización de la enseñanza y el aprendizaje por medio del entrenamiento para pruebas con formatos de selección múltiple, el agobio de las comunidades, además de registrarse un bajo uso de sus resultados por parte de docentes y de padres, madres y apoderados.

Un segundo supuesto que se sostiene a favor del Simce dice relación con la provisión de información necesaria para el sistema, sin la cual la educación estaría “ciega”. Este supuesto ignora que gran parte de los resultados del Simce se explican más por el nivel socioeconómico de las familias que por el efecto de la escuela, y que un buen resultado no necesariamente se deriva de una buena pedagogía, sino que puede ser producto del entrenamiento mecánico en ensayos similares a la prueba. En este sentido, es importante reconocer que los datos del Simce pueden generar más cegueras que claridades, cuando se los asume desde una interpretación que no aborda sus complejidades.

¿Qué ha pasado, entonces, en estos años sin Simce? En condiciones de “normalidad”, los pasados meses de octubre y noviembre hubieran estado nuevamente caracterizados por el estrés de las comunidades hacia la cobertura casi compulsiva del currículum, con la consiguiente distorsión de su actividad pedagógica.

Pues bien, en estos años pandémicos liberados del Simce, hemos redescubierto que el impulso a la actividad pedagógica es la convicción competente acompañada por el amor hacia quienes se van insertando en este mundo al cual han llegado; que la atención a todas las dimensiones de los seres humanos involucrados en las comunidades educativas era primordial, especialmente aquellas que han parecido olvidadas o simplemente pasadas a llevar, como la dimensión socioemocional.

En este sentido, la suspensión del Simce abrió oportunidades para los colegios, justamente porque, entre otros factores de novedad y complejidad, se generó un contexto de menor presión, que abrió el espacio para la innovación y la experimentación. Así, como lo testimonian diferentes escuelas en el informe sobre evaluación formativa de la Mesa de Trabajo Interuniversitario COVID-19 , han surgido diferentes iniciativas: proyectos interdisciplinarios, profundizaciones temáticas, nuevas colaboraciones entre escuela y familia, trabajo reflexivo colectivo de docentes y directivos, además de una orientación genuina hacia la evaluación con un sentido formativo y desde actividades significativas para los y las estudiantes. Hemos asistido a la búsqueda de un enfoque pedagógico más centrado en los y las estudiantes y sus necesidades vitales, en suma, se impulsó un modo diverso de apreciar la calidad o la buena educación que se vivía y ofrecía. En este sentido, diversos establecimientos pudieron realizar un mejor trabajo pedagógico debido a la ausencia del Simce, incluso con las complejidades de la pandemia.

Por lo tanto, mientras nos contagiábamos con el COVID-19 y se ponía en riesgo nuestra salud, nadie ha sufrido por la falta de Simce. El tiempo de la pandemia ha sido interpretado como apocalíptico: el fin de un modo de vida. Quizás, en relación con el Simce en las escuelas chilenas, se podría aplicar el sentido etimológico de apocalipsis: este tiempo ha levantado el velo respecto de la necesidad del Simce como pieza clave del sistema escolar, no era tan cierto que sin esta medición estábamos ciegos respecto del trabajo educativo; además, ha revelado su prescindencia y ha abierto otros caminos para el quehacer educativo. Parece, entonces, necesario comenzar a plantearse el fin de este sistema de evaluación e iniciar la exploración de nuevos caminos en la evaluación a gran escala.

Esta experiencia de suspensión del Simce en el panorama educativo chileno pone al menos dos grandes interrogantes para el futuro del sistema escolar. La primera pregunta tiene que ver con cómo procesará la política esta cancelación. El momento general es de demandas de cambio y transformaciones respecto de lo que ha regido la vida político-pública del país. ¿Cómo la política procesará estas demandas y cómo las compaginará con la experiencia vivida por los colegios en este tiempo? Probablemente se acabó el tiempo de la medición de la calidad entendida como equivalente a resultados en pruebas externas de altas consecuencias y se ha abierto el tiempo de políticas de apoyo, confianza y desarrollo de capacidades para los colegios desde una institucionalidad estatal coherente y bien articulada. ¿Se avanzará, a nivel de sistema, hacia un enfoque de evaluación más formativa o se persistirá, como parece hacerlo el Plan de Evaluaciones 2021-2026, en una evaluación que ha demostrado su falta de sentido y utilidad?

La segunda pregunta es relativa a cómo las mismas comunidades educativas reflexionarán, harán tesoro de este tiempo y lo dotarán de sentido, buscando y/o confirmando los enfoques pedagógicos de estos últimos dos años y desarrollarán propuestas educativas pertinentes a las personas y los territorios donde operan. Se trata de que los colegios sigan tomando las riendas de la educación buena y valiosa que pueden proporcionar al país, resignificando el concepto de “calidad” o, incluso, sin mayores remordimientos, abandonándolo porque, al fin y al cabo, educamos por algo que redescubrimos como valioso. Es lo que hemos comenzado a ver en este tiempo en que, tal vez, finalmente hemos comenzado a decir adiós al Simce.