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Belleza Sin Dolor – Revista Digital | Las garantías de estimular odios

La tesis de Sigmund Freud en Psicología de las masas (1921) sostenía que la comunidad nacía de la identificación que todos tenían con un objeto común, ese líder que encarnaba un ideal colectivo. Hoy eso ya es historia, el carisma de los líderes no pasa ahora por encarnar un ideal, el que sea, sino por exhibir un goce, cuanto más obsceno mejor, y que resuene en cada uno. Ahí está el “Yo no soy violador, pero si lo fuera, no la iba a violar porque no lo merece”, de Bolsonaro (a la diputada María del Rosario, mientras se debatía una ley sobre la violación) o el “¿Por qué tenemos a toda esa gente de países de mierda?”, de Trump refiriéndose a varios países africanos, a Haití y a El Salvador (en una reunión sobre inmigración). Son esos ecos, en el cuerpo de cada uno, los que forman las burbujas de odio y fracturan el nosotros –como señala el lingüista Jean-Claude Milner– dejando fuera al enemigo

La tesis de Sigmund Freud en Psicología de las masas (1921) sostenía que la comunidad nacía de la identificación que todos tenían con un objeto común, ese líder que encarnaba un ideal colectivo. Hoy eso ya es historia, el carisma de los líderes no pasa ahora por encarnar un ideal, el que sea, sino por exhibir un goce, cuanto más obsceno mejor, y que resuene en cada uno. Ahí está el “Yo no soy violador, pero si lo fuera, no la iba a violar porque no lo merece”, de Bolsonaro (a la diputada María del Rosario, mientras se debatía una ley sobre la violación) o el “¿Por qué tenemos a toda esa gente de países de mierda?”, de Trump refiriéndose a varios países africanos, a Haití y a El Salvador (en una reunión sobre inmigración). Son esos ecos, en el cuerpo de cada uno, los que forman las burbujas de odio y fracturan el nosotros –como señala el lingüista Jean-Claude Milner– dejando fuera al enemigo.

Las redes sociales, y los algoritmos que las guían, exacerban ese odio al favorecer la cámara de eco o los filtro-burbuja donde solo encontramos lo mismo que buscamos, aquello en lo que reconocernos, sin que haya sitio alguno para la diversidad o la discusión de las diferencias. La polarización, política y afectiva, amplía cada día más la brecha, y ya no se trata, políticamente, de azuzar solo el miedo, ahora se apunta –directamente y sin velos– al odio como garantía del voto. Twitter es su herramienta más válida, sin olvidar otras como YouTube.

El problema es que el odio tiene sus raíces en cada uno, puesto que se odia en el otro lo más odiado de uno mismo. Es lo éxtimo, aquello propio y más íntimo que rechazamos (nuestra fragilidad) y situamos en el exterior, como si nos fuera radicalmente ajeno. Eso de mí –que no reconozco– permanece en la otra orilla.

La pandemia, reveladora de la vulnerabilidad de nuestros cuerpos y de nuestras políticas sanitarias y sociales, ha encontrado en el odio su fórmula principal para negar esa fragilidad. No se niega la existencia del virus, se niega lo que ese virus, en contacto con el cuerpo, muestra: que nacemos en el desamparo original y que, solo haciéndonos cargo de él, y en el lazo con el otro, podemos sobrevivir. Negar esa evidencia es un verdadero fraude, sobre todo para uno mismo.

Por eso, saber algo más de nosotros, de lo que nos agita e inquieta, conectar con nuestra manera –siempre singular– de ser frágiles, puede funcionar como vacuna frente al odio que destilamos.

*Psicoanalista. Miembro de la AMP (ELP). En blog Zadig España.