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Una decisión equivocada

Antecedentes. Tengo el privilegio de contar con la amistad de Verónica Ortiz Lawrenz desde hace por lo menos tres décadas, su carácter abierto, franco y directo son rasgos de su personalidad que, como las huellas digitales, aparecen con matices únicos en todos los trabajos que emprende o en los que es invitada a colaborar como son radio, televisión, prensa y distintos proyectos culturales. En su paso por los medios, incluidos los digitales y sus variopintas hibridaciones, Verónica deja esas singulares improntas, que a veces se perciben claramente en su estilo único, pero otras se diluyen por la agresiva fugacidad de los medios.  Verónica también es una tenaz escritora autora de varios libros periodísticos y literarios en los que es más difícil que las corrientes líquidas y corrosivas de la hipermodernidad se lleven consigo la memoria, tan débil en nuestro inconsciente colectivo. El trabajo de investigación, la obstinada preservación del recuerdo, la historia que merece contarse antes de ser recreada y después olvidada en sobremesas familiares, es lo que hizo Verónica Ortiz por medio de su novela más reciente: Una decisión equivocada, publicada por L.D. Books, sello de Editorial Lectorum; novela que conocí antes de que viera la luz en forma del libro y me conmovió por varios aspectos que en su momento le escribí a mi querida amiga. De aquellas líneas que tienen más de un año, rescato, reescribo y reedito varios de sus párrafos, tres de los cuales descubro con sorpresa, reeditados también por un benévolo Titivillus, en la cuarta de forros de esta gran novela. Una historia de vida que le da vida a la historia Los territorios ocupados tras el fin de la segunda Guerra Mundial han sacado a la luz historias de terror similares a las atrocidades que cometió el ejército alemán contra el pueblo judío en los campos de concentración y de exterminio. La posguerra es siempre una prolongación de la guerra sobre todo cuando hay varios países implicados. Esta novela describe con claridad y mediante la poderosa tensión narrativa de la pluma de Verónica Ortiz, un episodio que condenó a una adolescente mexicana a vivir años de injusticias primero en el territorio alemán ocupado por los soviéticos y más tarde en Siberia. Ser mujer, ser alemana, o incluso mexicana con pasaporte de país de origen, podía traducirse en terribles condenas para la población civil que sobrevivió a la barbarie del nazismo. Eso le sucedió a la mexicana Anita Lawrenz Tirado, hija de padre berlinés y madre sonorense, admirable protagonista de esta historia recreada por su sobrina Verónica Ortiz Lawrenz, quien tras una escrupulosa investigación periodística que incluyó entrevistas, viajes y pesquisas documentales, sacó a la luz este fascinante trabajo de un relato que no pasaba de las conversaciones familiares aunque exigía casi a gritos ser contado para el mundo, pese al conservadurismo patriarcal que por fortuna empieza a ser desterrado de las familias mexicanas. La novela le hace justicia a la memoria de Anita, quien, por una decisión torpe y precipitada, fue enviada a Alemania por su padre un año antes de que estallara la segunda guerra mundial acompañada de sus dos hermanas menores: Martha e Irene, quienes tuvieron mayor fortuna que Anita porque pudieron regresar a México cuando los aliados ocuparon el territorio germano. Anita, por el contario, vivió años de aislamiento, torturas, interrogatorios y vejaciones puesto que los soviéticos se empeñaron en levantarle cargos falsos de espionaje. Primero en Alemania, donde estuvo en varias prisiones y campos de concentración, y más tarde en Siberia, Anita anhelaba siempre regresar a su país, negaba los cargos que le fabricaban en todo momento y sin dejar de preguntarse qué era de sus hermanas, sus tías germanas, su padre, el hermanito que no viajó con ellas y sobre todo de su madre, que luchó de modo infructuoso contra la decisión autoritaria de su marido alemán. De manera alternada, la autora nos cuenta la vida de los otros personajes de la historia: los que se quedaron en México, las hermanas que regresaron entre las que se encontraba la madre de la autora a cuya vida también nos asomamos.  La historia de las familias tiene vasos que se comunican con la raíces y las copas de sus propios árboles genealógicos, veladuras que se pierden si alguien no se ocupa de revelarlas como procesos de sanación o de catarsis, para descubrirnos asombrosas continuidades de malas decisiones, destinos prescritos que cuando menos en México, y hasta bien entrado el Siglo XX, tenían sellos marcadamente machistas; la historia de las familias permite vislumbrar futuros continuistas si en el seno de las mismas no hay integrantes que asuman la rebeldía como lo hace Verónica al contarnos la historia de Anita y los solidarios amigos que le ayudaron a no claudicar en sus principios, ni a renunciar a la esperanza de volver a los suyos mientras vivía una pesadilla literalmente kafkiana. La narración de esta historia apegada a la realidad rinde tributo a los hombres, pero sobre todo a las mujeres que en las peores condiciones son capaces de dar lo mejor de sí y aferrarse a la vida sin perder la integridad, ni la esperanza en el porvenir. Como buena escritora, Verónica Ortiz no desperdicia nada, no se pierde en circunloquios, atrapa la atención desde las primeras páginas, da detalles, pone acentos que transmiten el ánimo rebelde que siempre la acompaña, a veces jocoso, otras explosivo o triste, nunca resignado. Le viene de sangre y la historia de Anita es la mejor prueba. [email protected]