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Mi nuevo libro: “la persecución implacable de Carolina Astudillo”

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Ese mismo día, y casi a la misma hora, la Corte Nacional de Justicia condenó al exvicepresidente Jorge Glas a seis años de cárcel (un tercio de la condena de Carolina) por apropiarse ilegalmente de 33 millones de dólares (casi doscientas veces el dinero que supuestamente lavó Carolina)

EMILIO PALACIO

Hace un año, después de que publiqué “La masacre exquisita de Rafael Correa (donde denuncié la persecución a Galo Lara), comencé a escribir un nuevo libro sobre la persecución a Carolina Astudillo y a Carlos Pareja Cordero y su familia.

Había concluido el texto, y estaba a punto de entregarlo a los editores, cuando me avisaron, desde Ecuador, que la Corte Nacional de Justicia podría convocar a la audiencia de casación del juicio de Carolina. Decidí esperar.

Me acaban de confirmar la noticia. La audiencia se realizará el miércoles 18 de noviembre.

Todos los ecuatorianos tendrán que estar muy atentos a los resultados de este evento, para confirmar si por fin algunos jueces comenzaron a actuar de manera independiente, o por el contrario siguen recibiendo en sus despachos al “hombre del maletín”.

Para despertar el interés de ustedes, sin embargo, me pareció conveniente publicar, como una especie de adelanto, la presentación y el epílogo del libro, tal como están redactados en estos momentos. Quizás sirva para que se entienda mejor lo que va a ocurrir el miércoles.

Presentacion: “si el enemigo no existe, invéntalo”

El 13 de diciembre del 2017, tres jueces ecuatorianos condenaron a Carolina Astudillo Santos (secretaria de 58 años, casada y con tres hijos) a pasar 17 años y 4 meses en prisión por “lavar” 179.975 dólares.

Ese mismo día, y casi a la misma hora, la Corte Nacional de Justicia condenó al exvicepresidente Jorge Glas a seis años de cárcel (un tercio de la condena de Carolina) por apropiarse ilegalmente de 33 millones de dólares (casi doscientas veces el dinero que supuestamente lavó Carolina).

Más adelante, una Sala de la Corte Provincial de Justicia de la provincia del Guayas reconoció que se había cometido una injusticia atroz. Carolina era inocente. El delito que supuestamente había cometido no existió; y no se presentaron pruebas, ni una sola, que pudiera incriminarla.

La Corte Provincial ordenó la liberación de Carolina, que al cabo de un año y ocho meses en prisión, pudo abrazarse de nuevo con su familia.

Seis personas más fueron acusadas por el mismo “delito”, con las mismas “pruebas” y con los mismos “testigos”. Tres son miembros de la familia del abogado Carlos Pareja Cordero, titular del estudio jurídico donde Carolina Astudillo trabajó por más de 30 años.

La injusticia fue la misma y los jueces los mismos. Aun así, excepto Carolina, todos siguen con orden de prisión. Han solicitado que se revise su caso, pero hasta el momento no obtienen respuesta.

Este libro revela los verdaderos motivos por los que llevaron a Carolina a la cárcel. Querían impedir que los escándalos de corrupción del candidato vicepresidencial Jorge Glas le causen un daño irreparable al binomio de Alianza País. Fue una treta electoral, que se levantó sobre dos principios recomendados por los “expertos” en marketing electoral: “Si el enemigo no existe, invéntalo”, y “Si no puedes negar las malas noticias, fabrica otras para distraer a tus seguidores”.

Comenzaré revisando el supuesto delito del que acusaron a Carolina. Examinaré el juicio y las pruebas en su contra. Analizaré el contexto político en que todo esto ocurrió. Y concluiré contando dónde están y qué hacen hoy los protagonistas de esta dramática historia.

El libro incluye testimonios de algunos protagonistas, y documentos que sustentan todo lo que aquí se afirma.

Epílogo: “la espantosa indiferencia de los buenos”

Carolina ya está libre. En la única foto que se conserva del momento en que salió de la cárcel, aparece con su esposo, ella empinándose y él que se agacha, para fundirse los dos en un abrazo con el que habrán intentado olvidar al menos en parte la tragedia que vivieron. Qué gran victoria para la democracia.

Luego, había comenzado yo a escribir este libro cuando me llamaron por teléfono de Guayaquil: “La acaban de liberar también a Carolina Llanos. ¡Las dos Carolinas están libres!” No podía creerlo.

Después, en fecha más reciente, una nueva llamada: “También lo liberaron a Gilbert Llanos, el hermano de Carolina“.

Y por último, cuando redacto estas líneas finales, el notición: la Corte Nacional de Justicia ratificó la condena a Rafael Correa a ocho años de cárcel por cohecho.

¡No una sino cuatro grandes victorias para la democracia! Está quedando atrás por fin la larga pesadilla del Socialismo del Siglo XXI.

¿Pero eso es todo? ¿Devolviéndoles la libertad a tres inocentes y condenando a su perseguidor ya hicimos justicia?

Hace 21 años, el entonces procurador Milton Álava Ormaza se reunió con Pedro Restrepo, padre de los hermanos Restrepo, asesinados en 1988. Álava Ormaza había propuesto que el estado ecuatoriano reconozca la indolencia de las autoridades ante la muerte atroz de Carlos Santiago y Pedro Andrés Restrepo Arismendi. Gracias a esa gestión del doctor Álava, el gobierno le ofreció disculpas públicas a los padres Restrepo y les entregó una reparación material.

Cuando le pregunté al doctor Álava Ormaza quién le sugirió ese gesto, me contestó que nadie; que fue “una iniciativa unilateral de la Procuraduría, por equidad”.

Me dijo también algo que yo no sabía, que las indemnizaciones por violaciones de derechos humanos de la Procuraduría durante los gobiernos de Fabián Alarcón y Jamil Mahuad, pagadas “sin ninguna protesta”, ascendieron a cuatro millones doscientos mil dólares en total.

Los expresidentes Mahuad y Alarcón dejaron una pésima imagen entre los ecuatorianos. Este no es lugar para juzgar ese recuerdo, pero llama la atención que dos presidentes con la peor imagen hayan hecho lo que varios gobiernos populares ni siquiera intentaron.

La cárcel separó a Carolina Astudillo de sus tres hijos casi dos años, y le impidió asistir al matrimonio de su hija mayor. Durante todo ese tiempo, el estado dijo, y lo repitió, y lo volvió a repetir, por el altavoz gigantesco de los medios de comunicación estatales, que Carolina era una delincuente. La castigaron no sólo con la cárcel sino también con el monstruoso intento de despojarla de su buen nombre.

Por eso quise escribir este libro, para convencer a todos de que el país debe limpiar esa mancha. La Historia no la escriben los historiadores sino los que manejan el poder, así que no faltarán mañana los mezquinos que desde el poder quieran resucitar las infamias contra Carolina. Mientras el estado no reconozca que cometió con ella una injusticia atroz y repare el daño que le causó, los ecuatorianos arrastraremos la vergüenza de que todo eso se hizo en nuestro nombre.

Carlos Pareja Cordero, los miembros de su familia y otros perseguidos por el mismo “delito” de lavado de activos, con las mismas “pruebas” y los mismos “testigos”, no tuvieron la misma suerte que Carolina. Para ellos, la pesadilla todavía no termina. Siguen esperando que la Corte Nacional concluya la casación de su caso y declare que todo el proceso en su contra fue nulo; que el Reporte de Operaciones Inusuales e Injustificadas de la UAFE, que sirvió de base para acusarlos, es fraudulento; y que fueron víctimas de la misma persecución política que tanto daño le causó a Carolina.

Permitir que esa injusticia continúe sería una barbaridad. Martin Luther King advirtió que “una injusticia en cualquier parte es una amenaza contra la justicia en todas partes”. Si en su momento defendimos el derecho de Correa a ser juzgado por jueces que no se sometan a presiones, con mayor motivo debemos defender ese derecho para los que él persiguió. Si hemos exigido que incluso a los funcionarios corruptos se los procese con apego a las leyes, con mayor motivo debemos reclamarlo para sus víctimas.

Sin embargo, cuando le comenté a algunas personas que estaba por concluir un libro que contaría la persecución contra Carolina Astudillo y Carlos Pareja Cordero, se extrañaron: “Pero tú nunca te identificaste con la derecha”, me dijeron.

Ya antes escuché un razonamiento similar cuando publiqué “La masacre exquisita de Rafael Correa, en el que defendí a Galo Lara y Carolina Llanos. Es que en el Ecuador de los últimos años se impuso la tendencia a defender los derechos humanos según una matriz ideológica. La izquierda defiende a la izquierda, la derecha defiende a la derecha, y el centro defiende al centro.

Pero entonces, pregunto yo: Los que no somos ni de izquierda ni de derecha ni de centro, ¿no debemos defender a nadie?

No nos engañemos, el verdadero motivo por el que aun hoy, cuatro años después de que Correa abandonó el país, todavía hay quienes se niegan a defender los derechos de sus víctimas, no es por razones ideológicas sino… por miedo.

Mucha gente no se siente segura a pesar de todo lo que se avanzó. Intuyen algunos que la Justicia ecuatoriana todavía se comporta como una Penélope al revés, que por las noches deshace lo que hace durante el día. Y por eso guardan silencio, y miran para otro lado ante las barbaridades jurídicas que todavía se cometen. Olvidan que Martin Luther King también dijo: “Quizás algún día esta generación se lamente no solo por las palabras y las acciones violentas de los malos… sino también por el espantoso silencio y la indiferencia de los buenos, que prefirieron permanecer sentados, esperando a que todo pase”.

También por eso escribí este libro, porque el miedo no debe continuar y porque los rezagos de la “justicia” correísta no deben sobrevivir. No importa lo que cada uno opine de cualquiera de los perseguidos por el correísmo, todos tienen derecho a que sus juicios sean revisados.

Carlos Pareja Cordero, su familia y demás acusados, en particular, tienen derecho a que la Justicia los trate de la misma manera en que finalmente se trató a Carolina, sin tomar en cuenta ninguna otra consideración que no sean las pruebas y testigos fraudulentos con que se los acusó.

Si así lo hacen, tendrán que reconocer que son inocentes.

Si este libro contribuye, aunque sea en parte, para que eso se consiga, habrá cumplido su propósito.