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El día en que se profanaron nuestros páramos

¿Podrá  hacer algo el Ministerio del Ambiente, los guardias de los parques, o los hombres y mujeres de buena voluntad que sí valoran los hábitats? No estamos seguros, porque la anarquía que reina en nuestro país, es muy grande y extendida a todos los ámbitos de la quehacer nacional,  donde cada quien hace lo que quiere y actúa según sus propios intereses sin importarle el prójimo y tampoco el perjuicio que puedan causar

Una nevada espectacular cayó sobre nuestros páramos comenzando este mes de junio. El parque nacional Sierra Nevada se vistió de blanco, se arropó con un manto de  neblina y nos ofreció un paisaje de cuentos de hada, en un país geográficamente hermoso, lleno de contrastes, llamado Venezuela.

Los páramos son ecosistemas únicos en el planeta. Su formación, fruto de un proceso lento y constante, se remonta a cientos de miles de años atrás. Son como islas heladas en zonas tropicales: una paradoja de exuberante belleza. Son lugares frágiles, que deben ser respetados, queridos, protegidos. ¡Admirados! , claro que sí, pero jamás ser escenario para que personas irracionales, sin conciencia y sin educación de ningún tipo, los profanen,  protagonizando “festejos” bochornosos, donde, en una especie de euforia colectiva, imbécil e irreflexiva, fueron captados en videos  que se hicieron virales en las redes sociales, donde los gritos, el desorden, la música a altísimo volumen, entre vallenatos y regatones: el excesivo consumo de alcohol y tal vez drogas, el relajo en general, los llevaron a cometer una violación en contra de esos espacios sagrados.

Cuesta pensar que el hombre que gritaba “aquí no hay covid “, haya recibido algún tipo de educación tanto en el hogar como en su tiempo de escolaridad, porque hay que ser muy necio, para desafiar un virus que ha dado muestras de estar en todas partes , es  muy feroz y no hace distinciones: esa es la realidad.  

Antes, cuando la degradación moral de los ciudadanos no había llegado a los límites que ahora se exhibe y se filma, ir al páramo al caer una nevada era una fiesta de singular belleza. Familias enteras, iban a pasar gratos momentos jugando con la nieve, haciendo muñecos, merendando, compartiendo sanamente, pero ahora , con el desenfreno que ha causado una vorágine de malas conductas, especialmente en los más jóvenes, todo encuentro debe convertirse en un zaperoco sin que para nada les importe, el cuidado de un ecosistema como el de los páramos, ni mucho menos la posibilidad de contagiase con el covid-19, y lo peor contagiar al personal médico que deberá atenderlos cuando enfermen. Con razón, y por esas acciones sin sentido como las que hemos descrito,  hoy Mérida ocupa el primer deshonroso lugar en infecciones por coronavirus.

¿Será que de niños, a esos muchachos y muchachas no les relataron  en sus hogares o en sus escuelas las leyendas de nuestros páramos, tan maravillosamente contadas por Don Tulio Febres Cordero, que son entrañables y dejan huella en los corazones sensibles? ¿Será que nadie les enseñó a respetar  esos sitios especiales donde el silencio debe ser escuchado sin interrupciones, porque, el silencio de los páramos en sí mismo es elocuente?

Entendemos la indignación que experimentaron los oriundos merideños, esos que crecieron con sentido de pertenecía a sus lugares, a sus ríos y quebradas, a las montañas llenas de frailejones y de díctamo real, a esos paisajes colmados de frío y paz.  Entendemos la sensación de impotencia de esos hombres y mujeres que trabajan en los campos y siembran con sus arados de bueyes el alimento que proviene de la tierra que heredaron de sus antepasados. Nos imaginamos el desconsuelo de los que vieron la profanación del parque Sierra Nevada por las acciones de quienes no saben respetar esos parajes.

Al intentar defender lo indefendible, muchas personas dijeron por redes sociales que “la gente tiene derecho a divertirse”, sí, en eso estamos muy de acuerdo, pero hay una máxima que dice:” tus derechos terminan donde comienzan los de los demás y en este caso, es el derecho de nuestros páramos a ser resguardados y respetados.

¿Podrá  hacer algo el Ministerio del Ambiente, los guardias de los parques, o los hombres y mujeres de buena voluntad que sí valoran los hábitats? No estamos seguros, porque la anarquía que reina en nuestro país, es muy grande y extendida a todos los ámbitos de la quehacer nacional,  donde cada quien hace lo que quiere y actúa según sus propios intereses sin importarle el prójimo y tampoco el perjuicio que puedan causar.

Es necesario crear conciencia ciudadana, es necesario educar a los niños, que representan una esperanza de cambio,  en el amor a nuestros espacios. Debemos lograr una verdadera protección integral que evite actividades que les causan daños irreparables a los ecosistemas.

Mientras el mundo entero tiene muy en alto la protección ambiental porque es vital para asegurar la vida de los terrícolas, en el páramo merideño se degrada con acciones vandálicas, contaminación sónica, y comportamientos detestables, en aras de la “fiesta y el bonche”, esos hermosísimos e importantes territorios, donde una vez según cuanta Don Tulio: “Cinco águilas blancas volaban un día por el azul del firmamento; cinco águilas cuyos enormes cuerpos resplandecientes producían sombras errantes sobre los cerros y montañas”…

Requerimos que la educación, la cultura, el conocimiento de nuestra idiosincrasia vuelva a impregnar la mente y las acciones de quienes hoy no saben respetar nuestros valores. ¿Los  que actúan así, son dignos de compasión? tal vez, porque están dejando de disfrutar la naturaleza en su verdadera esencia, en el silencio, en la paz y en la armonía de un ambiente idílico.  

Ya lo decía Simón Bolívar “moral y luces son nuestras primeras necesidades”, y en pleno año 2021 , siguen siendo.

Redacción: Arinda Engelke. C.C.

11-06-2021

 

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