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Modificación del régimen cambiario

En 1967, el gobierno del presidente Carlos Lleras Restrepo adoptó la modalidad de cambio fijo ajustable como parte de la política exportadora más exitosa de la historia del país. En 1991, el presidente César Gaviria la sustituyó por la modalidad de cambio flotante que constituye parte esencial del banco central autónomo y de la apertura económica. La historia no está lejos de repetirse.

El primer error de la apertura estuvo en establecer la modalidad de cambio flotante en una economía altamente dependiente de los recursos naturales en el amplio sentido de la palabra. De hecho, contribuía a amplificar las perturbaciones provenientes del exterior.

Hoy en día el sistema de cambio flotante es parte del modelo de autonomía del Banco de la República para fijar la tasa de interés y del libre comercio auspiciado por el desmonte de la protección y los TLC. La modalidad sobrevivió durante mucho tiempo por la revaluación del tipo de cambio, los elevados precios del petróleo y la adquisición de bienes en el exterior a menores precios. En los últimos cuatro años entró en serias dificultades que han sido ocultadas por los gestores de la política económica. El deterioro de los índices de crecimiento, el empleo y la ampliación del déficit en cuenta corriente se atribuyen a factores coyunturales que se corrigen solos, y más, por conducto del mercado.

La falla más visible está en la balanza de pagos. El tipo de cambio en un día se devalúa 10% y en el siguiente se revalúa en la misma cifra. En los momentos de alta devaluación se lesionan las empresas con altos niveles de endeudamiento y componente importado, como Avianca, y en las épocas de revaluación se asedian con importaciones las empresas de alta competencia externa. Por lo demás, el mecanismo ha resultado totalmente inoperante para armonizar las importaciones y las exportaciones. En julio la diferencia se duplicó con respecto al mismo mes del año pasado.

Para completar, el tipo de cambio flexible obstruye el vínculo entre el déficit externo y el interno. Los déficits en cuenta corriente inducen excesos de ahorro que contraen la producción y el empleo. Por eso, los sistemas de cambio flexible multiplicarán las recesiones de América Latina. Al final, los países pierden el control sobre el tipo de cambio y el manejo monetario.

La dolarización, que en algunos círculos ha surgido como solución, iría más lejos al eliminar la injerencia sobre el tipo de cambio y cercenar el poder de emisión de los gobiernos. En los momentos de exceso de ahorro y escasez de liquidez, las economías estarían desprovistas de medios para enfrentar la recesión. Lo más grave es que el vínculo entre el balance externo de importaciones y exportaciones y el balance interno de ahorro e inversión se efectuaría por conducto de los portadores de dólares legales e ilegales. La verdad es que la dolarización es de la misma familia de la modalidad de cambio flotante.

Lo cierto es que el sistema cambiario vigente no cumple con la tarea de evitar las fluctuaciones inducidas por el exterior y propiciar la estabilidad de la balanza de pagos e impulsar el crecimiento económico. Mientras existan esas condiciones no habrá reactivación, aumento de empleo, ni estabilidad comercial y cambiaria. La alternativa más razonable sería un sistema de cambio fijo-ajustable, como el instaurado en la administración Lleras. Si a esto se agrega un cambio en la concepción del Banco de la República y en la estructura comercial de importaciones y exportaciones, la economía quedaría en condiciones de regular el tipo de cambio y coordinar la política fiscal y monetaria para elevar el crecimiento y el empleo.

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2019-09-22T00:00:05-05:00

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